Las embarazadas que fuman aumentan el riesgo de autismo de sus futuras nietas

Cada vez hay más evidencias de que nuestros hábitos de vida, muy especialmente de aquellos nocivos, tienen efectos que pueden trascender nuestra propia salud. Es el caso, por ejemplo y sobre todo, de las mujeres embarazadas, que en caso de fumar condicionan, y mucho, la salud de su futuro hijo. Pero aún hay más. Este perjuicio del tabaco durante la gestación puede incluso llegar hasta los nietos. Y es que como muestra un estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Bristol (Reino Unido), las niñas nacidas de madres cuyas progenitoras –o lo que es lo mismo, las abuelas– fumaron durante su gestación tienen un riesgo muy, pero que muy superior de padecer un trastorno del espectro del autismo (TEA).

Como explica Jean Golding, directora de esta investigación publicada en la revista «Scientific Reports», «es bien sabido que proteger a un bebé del humo del tabaco es una de las mejores cosas que puede hacer una mujer para ofrecer a su hijo un buen estado de salud en el comienzo de su vida. Y ahora, nuestros resultados muestran que el no fumar durante el embarazo también ofrece a sus futuros nietos un mejor comienzo».

Los TEA, caso entre otros del autismo y del síndrome de Asperger, son un conjunto de trastornos del neurodesarrollo que aparecen en la infancia y se caracterizan, entre otros síntomas y signos, por un déficit en la comunicación, dificultades para la correcta integración social, una dependencia exagerada de las rutinas, y una gran intolerancia ante los cambios o a la frustración. Unos trastornos cuya incidencia, estimada a día de hoy en un caso por cada 100 nacimientos, ha aumentado significativamente en los últimos años. Pero este incremento, ¿no se explicaría por las mejoras alcanzadas en el diagnóstico de estos trastornos? Pues, en parte, sí. Pero en opinión de los expertos, deben haberse producido algunos cambios en los estilos de vida que, igualmente, justifiquen este mayor número de casos de TEA.

En este contexto, en los últimos años se han desarrollado distintos estudios para evaluar una posible asociación entre el tabaquismo durante el embarazo y un mayor riesgo de TEA de los hijos. Unas investigaciones que, sin embargo, han arrojado resultados poco concluyentes. Es decir, no puede aseverarse que las gestantes fumadoras condenen a sus futuros hijos a un mayor riesgo de autismo. Entonces, ¿no hay relación entre la exposición fetal al tabaco y estos trastornos? Pues para responder a esta pregunta, los autores del nuevo estudio se han fijado en la generación anterior –o lo que es lo mismo, en las abuelas.

Los autores analizaron los historiales médicos de 14.500 niños británicos y se fijaron expresamente en la ausencia o presencia de tabaquismo durante la gestación de sus progenitores, tanto padres como madres. Y de acuerdo con los resultados, las niñas cuyas abuelas maternas fumaron en el embarazo tenían un riesgo hasta un 67% mayor de desarrollar algunas características típicas del autismo, caso de déficits en la comunicación y una dependencia exagerada de las rutinas. Es más; las hijas de madres expuestas al tabaco durante su desarrollo fetal también tuvieron una probabilidad un 53% superior de ser diagnosticadas de un TEA. Una herencia que, sin embargo, no se observó en el caso de los nietos varones.

Pero, este perjuicio del hábito tabáquico de las abuelas sobre sus nietas, ¿cómo se explica? Pues según indica Marcus Pembrey, co-autor de la investigación, «por lo que respecta al mecanismo, existen dos posibilidades: la transmisión de un daño en el ADN hasta la segunda generación o una respuesta adaptativa al humo del tabaco que provoca que las nietas sean más vulnerables a los TEA. La verdad es que no tenemos una explicación para esta diferencia de sexo entre las nietas y los nietos. Pero nuestros estudios previos ya habían mostrado que el tabaquismo de las abuelas se asocia con diferentes patrones de crecimiento en las nietas y nietos».

Y a ello se aúna, como continúa Marcus Pembrey, «de forma más específica, sabemos que el tabaco daña el ADN mitocondrial, y que las mitocondrias se transmiten a la siguiente generación únicamente a través del óvulo de la madre. Así, las mutaciones iniciales en las mitocondrias podrían no tener un efecto sobre las propias madres, pero su impacto podría ser mayor cuando fueran finalmente transmitidas a las nietas».

En definitiva, los nuevos hallazgos sugieren que cuando una mujer es expuesta al humo del cigarrillo cuando todavía se encuentra en el útero, esta exposición podría afectar a sus óvulos en desarrollo –provocando cambios que, a la larga, podrían afectar al desarrollo de sus propios hijos.

Como concluye Dheeraj Rai, co-autor de la investigación, «todavía desconocemos por qué un gran número de niños desarrollan autismo y sus comportamientos asociados. Las asociaciones observadas en nuestro trabajo plantean problemas intrigantes sobre posibles influencias transgeneracionales en el autismo. Necesitamos más estudios para ayudarnos a comprender los significados y mecanismos que se encuentran detrás de estos resultados».

Revista Scientific Reports

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El uso de antidepresivos en el primer trimestre de gestación, más seguro de lo estimado

Dos estudios descartan un mayor riesgo de autismo o TDAH tras la exposición intrauterina a medicación antidepresiva.

El estudio se basó en los datos de casi 36.000 nacimientos.

El consumo de antidepresivos durante las primeras semanas de embarazo no incrementa el riesgo de desarrollo de autismo o trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) en la descendencia, según dos estudios que se publican en el último número de JAMA, que contradicen los resultados de investigaciones previas.

El primero de ellos, dirigido por el investigador de la Universidad de Indiana (Estados Unidos) Brian D’Onofrio, sólo halló una evidencia significativa de un pequeño incremento del riesgo de nacimiento pretérmino. Tras controlar múltiples factores de riesgo implicados, tampoco se detectó una reducción del crecimiento fetal en los niños expuestos.

En opinión de D’Onofrio, “valorar los riesgos y los beneficios de tomar antidepresivos durante el embarazo es una decisión muy difícil que cada mujer debe adoptar consultando a su médico”. Sin embargo, añade, “este estudio sugiere que el uso de ese tipo de medicación durante el embarazo puede ser más seguro de lo que se pensaba hasta ahora”.

El análisis, realizado en colaboración con investigadores del Instituto Karolinska, en Suecia, se basa en los datos de todos los nacimientos en Suecia desde 1996 hasta 2012, que sumaron más de millón y medio. Además, incorpora los datos de las prescripciones de antidepresivos en adultos, los diagnósticos de autismo y TDAH en niños, la edad de los progenitores, su nivel educativo, etc.

Los autores del estudio consideran que aún es pronto para trazar conclusiones definitivas: “Aunque no se puede descartar una relación causal, la asociación apreciada por estudios anteriores podría deberse a otros factores”.

En el segundo estudio, encabezado por Simone Vigod, del Women’s College Hospital de Toronto (Canadá), se incluyeron casi 36.000 nacimientos con una edad gestacional media de 38,7 semanas, una edad materna promedio de 27 años y un seguimiento medio de cinco años. En los 2.837 (7,9 por ciento) en los que la madre consumió antidepresivos, se diagnosticó un trastorno del espectro del autismo (TEA) al 2 por ciento de los niños.

Los investigadores comprobaron que quienes estuvieron expuestos a inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina -utilizados en el 82 por ciento de los embarazos- tenían un mayor riesgo de TEA, pero la relación dejó de ser estadísticamente significativa tras ajustar los factoresque podían inducir confusión.

Revista JAMA

Revista JAMA

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Los padres pueden reducir los síntomas del autismo antes del primer año de vida del niño

La formación de los padres para que comprendan y respondan al estilo individual de comunicación de sus bebés minimiza los signos y síntomas asociados al trastorno. 

Los TEA son un conjunto de trastornos del neurodesarrollo que aparecen en la infancia y se caracterizan, entre otros síntomas y signos, por un déficit en la comunicación, dificultades para la correcta integración social, una dependencia exagerada de las rutinas, y una gran intolerancia ante los cambios o a la frustración. Unos trastornos cuya prevalencia se estima en un caso por cada 100 nacimientos pero que son mucho más comunes –el riesgo es de hasta un 20%– en los bebés que tienen hermanos mayores con TEA. Sin embargo, y si bien el diagnóstico de autismo no se establece hasta que el niño ha cumplido la edad de 2 años –y en ocasiones, hasta los 4–, los padres pueden hacer mucho por ayudar a sus hijos con TEA antes de que cumplan su primer año de edad. De hecho, un nuevo estudio dirigido por investigadores de la Universidad de Manchester (Reino Unido) muestra cómo una ‘intervención formativa’ dirigida a los progenitores no solo minimiza la gravedad de los síntomas emergentes del trastorno cuando el bebé no ha alcanzado los 12 meses, sino que reduce la probabilidad de que desarrolle las dificultades características del autismo en los siguientes años de la infancia.

Como explica Jonathan Green, director de esta investigación publicada en la revista «Journal of Child Psychology and Psychiatry», «lo realmente novedoso de nuestro trabajo es cuán precoz podemos iniciar la intervención. Ya sabíamos que intervenciones similares durante fases más avanzadas de la infancia pueden tener efectos a largo plazo. Y ahora, lo que demostramos es que realizar la intervención durante el primer año de vida puede conllevar mejoras muy importantes en el desarrollo a medio plazo del bebé. Unas mejoras que, además, se mantienen una vez la terapia ha concluido. Se trata de un resultado muy prometedor que establece una excelente base para la realización de ensayos clínicos más grandes utilizando la intervención en fases muy tempranas del desarrollo».

En el estudio, los autores emplearon una versión adaptada del Vídeo Interactivo para el Programa Parental de Promoción Positiva (VIPP) del Estudio Británico de Autismo en Hermanos Pequeños (iBASIS). Y lo que hicieron fue utilizar esta versión para mostrar, durante un mínimo de seis visitas domiciliarias, a 28 parejas de padres cómo comprender y responder al estilo individual de comunicación de sus bebés para, así, mejorar su atención, comunicación, desarrollo del lenguaje e interacción social. Concretamente, la intervención se llevó a cabo durante un periodo de cinco meses –desde que el bebé contaba con nueve meses hasta que alcanzó la edad de 14 meses–. Y con objeto de analizar su eficacia, los autores evaluaron a los bebés a las edades de 15, 27 y 39 meses.

Los investigadores compararon los resultados logrados con la intervención con los de 26 niños cuyos padres no fueron ‘formados’ mediante el VIPP-iBASIS. Y lo que observaron es que los bebés de las familias que recibieron la terapia audiovisual mostraron una mejoría en los comportamientos, emergentes y tempranos, asociados al autismo.

Es más; la mejoría se amplió durante el desarrollo posterior del niño una vez se había finalizado la terapia, resultando especialmente significativa en las interacciones entre los niños y sus padres.

Como refiere Michelle, participante en el estudio y madre de una niña –Natalie– considerada en alto riesgo de autismo tras el diagnóstico del trastorno en un hermano mayor, «la lucha para establecer el diagnóstico de mi primer hijo y aprender cómo ayudar a un niño con autismo resultó muy duro. Así, cuando nació nuestra hija tomamos la determinación de no pasar por lo mismo. Y nos sentimos muy contentos de tomar parte en el estudio cuando Natalie contaba con una edad de solo tres años. Ojalá hubiéramos tenido esta oportunidad cuando nuestro primer hijo era más joven. Espero que esta investigación pueda ayudar a desarrollar herramientas para los médicos y las familias y que los niños en riesgo de autismo o que están esperando un diagnóstico puedan obtener mucho antes la ayuda que necesitan».

En definitiva, parece que los padres pueden desempeñar un papel aún más precoz a la hora de mejorar el desarrollo de sus hijos con TEA y minimizar la intensidad de sus signos y síntomas. Sin embargo, y a pesar de que los resultados son ciertamente prometedores, parece que aún habrá que esperar antes de que esta intervención pueda aplicarse en el mundo real. Y es que como reconocen los propios autores, hacen falta estudios más grandes que permitan establecer unas conclusiones definitivas y evalúen los efectos a largo plazo de esta intervención. 

Como indica Jonathan Green, «si la intervención continúa mostrando estas mejorías en los futuros ensayos clínicos, entonces tendría un potencial uso real para las familias en el momento que afloran las primeras preocupaciones o que cuentan con hijos en riesgo genético de desarrollar autismo».

Sea como fuere, apunta Kathryn Adcock, co-autora de la investigación, «si bien el nuestro es un estudio pequeño y, por tanto, no puede ofrecer una respuesta definitiva, también es verdad que muestra unos beneficios muy prometedores de la intervención precoz».

Como concluye Jon Spiers, director general de Autistica, organización benéfica británica implicada en la financiación de este estudio, «por lo general, los padres se dan cuenta muy pronto de que su hijo se está desarrollando de una forma diferente. 

Todo ello a pesar de que el diagnóstico de autismo pueda llevar años. Así, el poder llevar a cabo una intervención durante este periodo de incertidumbre puede ser un avance muy importante para millares de familias. Estamos muy satisfechos de haber colaborado en la financiación de este trabajo y solicitamos una mayor inversión en estudios similares sobre intervención precoz en el autismo».

Revista Journal of Child Psychology and Psychiatry

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Las personas con autismo tienen el triple de riesgo de morir por asfixia o ahogamiento

Investigadores de la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia (Estados Unidos) han descubierto que las personas con un trastorno del espectro del autismo tienen hasta el triple de riesgo que la población general de sufrir lesiones accidentales que resulten mortales, como asfixias o ahogamientos.

El trabajo, publicado en la revista American Journal of Public Health, muestra la necesidad de que padres y cuidadores sean conscientes de este riesgo para reducir en todo lo posible las posibilidades de sufrir lesiones que podrían evitarse, según los autores del estudio, por ejemplo ayudándoles a aprender a nadar lo antes posible.

“Saber nadar podría ser la habilidad de supervivencia más importante para los niños con autismo”, ha resaltado Guohua Li, que ha dirigido la investigación.

Hay muchas razones por las que los niños con autismo están en mayor riesgo de sufrir lesiones, entre otras cuestiones porque también tienen más riesgo de trastornos por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).

Estudios previos ya han encontrado tasas de mortalidad más altas en las personas con autismo pero las causas de estas muertes no habían sido del todo estudiadas pero a veces están relacionados con otros trastornos también presentes, como la epilepsia o depresión que padecen.

Para evaluar qué tipo de lesiones pueden influir en la muerte de personas con autismo, los investigadores analizaron datos sobre casi 40 millones de muertes en Estados Unidos registradas entre 1999 y 2014.

El análisis estadístico permitió identificar un total de 1.367 personas que habían sido diagnosticadas con autismo y, de éstas, 381 habían fallecido como consecuencia de una lesión.

Las personas con autismo murieron significativamente más jóvenes, con una media de 36 años frente a los 72 años de media de la población general. Y al entrar en detalle en las muertes por accidente o lesión, la edad media de muerte bajaba hasta los 29 años de media, frente a los 55 de quienes no tenían autismo.

Alrededor del 40 por ciento de las lesiones fatales entre las personas con autismo tuvieron lugar en hogares o instituciones residenciales, y las causas más comunes fueron asfixia o ahogamiento.

Los niños eran quienes tenían más riesgo. Mientras que las personas con autismo tenían una tasa de muerte por lesión accidental tres veces más alta que la población general, en el caso de los menores de 15 años la mortalidad por estas causas era 42 veces mayor.

“Las personas con autismo pueden estar en mayor riesgo de sufrir lesiones debido a dificultades sensoriales y motoras (es decir, dificultades para detectar su entorno o en sus movimientos) lo que puede hacer más difícil para ellos detectar o evitar el peligro”, dijo Diana Schendel, profesora de Aarhus Universidad de Dinamarca que estudia las causas de muerte entre las personas con autismo.

“También pueden estar en mayor riesgo debido a problemas de comportamiento que pueden hacer que se comporten impulsivamente o sean hiperactivos”, según Schendel, que no participó en el estudio.

 Revista American Journal of Public Health

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Un exceso de sensibilidad, y no la falta de ella, es lo que impide alos niños con autismo comunicarse

Una excesiva empatía emocional impide a los niños con autismo comunicarse con el mundo, según un estudio de investigadores del hospital valenciano La Fe que supone un cambio de paradigma a la hora de entender este trastorno, ya que antepone las emociones a la conducta

El Grupo de Investigación de Perinatología del Instituto de Investigación Sanitaria de La Fe evaluó la reacción de niños con y sin trastorno del espectro del autismo ante expresiones faciales de diferentes emociones y ha concluido que el autismo no se caracteriza por falta de empatía, sino por un exceso de sensibilidad hacia las emociones de los demás.

Con los datos y experiencias analizados en la investigación, se llega a la conclusión de que el retraimiento y el ensimismamiento de los niños con autismo sería su manera de protegerse ante un entorno emocionalmente abrumador.

Según han explicado fuentes de La Fe, esta postura dignifica los trastornos del espectro del autismo (TEA), cuyo Día Mundial se celebra este domingo, ya que estarían caracterizados por un exceso de sensibilidad hacia las emociones y no por un defecto.

Los trastornos del espectro del autismo son considerados alteraciones del neurodesarrollo que pueden provocar problemas de interacción social, comunicacionales y conductuales significativos; hasta ahora, se ha tratado de modificar las conductas sociales atípicas de los niños con autismo, cuyo origen creían que era falta de empatía.

Este estudio, sin embargo, demuestra lo contrario: que los niños con autismo tienen una excesiva empatía cuando atienden las emociones de los demás y es, precisamente, esta vivencia abrumadora lo que les lleva al retraimiento y les impide comunicarse.

La autora del artículo «Communication deficits and avoidance of angry faces in children with autism spectrum disorder» es la doctora en Psicología Clínica Ana García-Blanco, y ha sido publicado en la revista científica Research in Developmental Disabilities.

Junto con el equipo del Grupo de Investigación de Perinatología y del servicio de Psiquiatría de La Fe, García-Blanco evaluó a 30 niños y niñas con TEA, de entre 6 y 18 años, y a otros 30 sin el trastorno.

Mediante una tarea informatizada, a todos ellos se les presentaron expresiones de cara de tristeza, alegría, enfado y neutras y se evaluó el modo en el que atendían a estos rostros.

Las tareas informatizadas permiten cuantificar las preferencias atencionales de forma indirecta, algo relevante para los niños con autismo, ya que no es necesario que verbalicen ninguna información personal, opinión o valoración, sino solo responder a determinados estímulos cuidadosamente seleccionados para activar las preferencias atencionales específicas en su problema.

De esta manera se evalúa la precisión y la velocidad en la respuesta, así como la conducta ocular y otras medidas fisiológicas obtenidas durante la realización de la tarea.

Los resultados mostraron que los rostros con carga emocional captaban la atención de todos los niños, independientemente de si presentaban un TEA o no.

Sin embargo, cuando los niños con autismo eran capaces de ejercer control sobre su atención, preferían evitar los rostros enfadados porque les generaban gran malestar, lo que se asoció con los problemas de comunicación social que presentan estos niños.

Las emociones captan la atención de los niños con TEA de manera similar a los niños sin el trastorno pero, tan pronto como identifican una emoción estresante, los niños con autismo tienden a evitarla para calmar el malestar que sienten.

Estas peculiaridades a la hora de atender y procesar las emociones podrían ser un mecanismo subyacente a los problemas de comunicación social que presentan estos niños y contradicen la tesis habitual que considera que la conducta y los problemas cognitivos son el obstáculo que dificulta su comunicación.

Revista Research in Developmental Disabilities.

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